MEDITERRÁNEO (español)



44 poemas
(Leça da Palmeira, Venade y Torre da Medronheira, 2012-2015)

traducción de José Ángel Cilleruelo

Vaso Roto Ediciones, Ciudad de México, Madrid, 2018

dirección literaria de Jeannette Lozano y Eva Martín


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JESÚS AGUADO, El Ciervo, n.º769, V-VI, 2018
Mediterráneo
«En el primer poema de este libro “Dios ajusta el equilibrio destruyendo lo que creó”. Aunque hay más dioses en él, le pasan el testigo de equilibrar o destruir a los gatos acurrucados, a personajes históricos como Hipátia o Hipócrates, a lugares como Sicilia o Ámsterdam. Las palabras inclinan la balanza: la poesía como demiurgia. Las palabras dibujan el mapa de lo que es: la poesía como cartografía. »


JESSICA FALCONIpresentación del libro “Mediterráneo”, Mercado Cultural Português, Barcelona, 19.5.2018
«João Luís Barreto Guimarães es un poeta portugués de Oporto, empezó a publicar su poesía en libro en 1989, con el volumen Há Violinos na Tribo, y desde entonces ha publicado cerca de 10 libros. El libro que hoy os presentamos, Mediterráneo, fue publicado en 2016 por la editorial Quetzal, una de las más prestigiosas de Portugal, bajo la dirección literaria del escritor y crítico Francisco José ViegasMediterráneo ganó el año pasado el Prémio Nacional de Poesia António Ramos Rosa, fue semifinalista al Premio Oceanos, y fue muy bien acogido por los críticos literarios portugueses. Y como el Mediterráneo es también un espacio de muchas lenguas, hoy presentamos la edición bilingüe en portugués y castellano, publicada por la Editorial Vaso Roto, que tiene una sede en Madrid y otra en Méjico y que se dedica a la divulgación de la mejor poesía contemporánea internacional. En el catálogo de esta editorial, João Luís Barreto Guimarães está, de hecho, en compañía de muchísimos poetas de todas partes del mundo y que escriben en muchas lenguas. El libro ha sido traducido por José Ángel Cilleruelo, poeta, traductor, narrador y crítico literario de Barcelona, que es un gran conocedor y divulgador de la poesía en portugués.
Decía el historiador Fernand de Braudel que el Mediterráneo es mil cosas juntas. No es un paisaje, sino muchos paisajes, una sucesión de mares y de civilizaciones. Decía que “viajar por el Mediterráneo significa hallar el mundo romano en el Líbano, la pre-historia en Cerdeña, las ciudades griegas en Sicilia, la presencia árabe en España, el Islam turco en Yugoslavia.” Tiene mucha historia, el Mediterráneo. Demasiada, pesada, y aunque no sea un Océano, ocupa un gran espacio en nuestro imaginario, es la cuna de nuestra civilización, de la cultura occidental, de Europa. El ensayista Predrag Matvejevic, citado en los epígrafes del libro, hablaba también de todos los lugares comunes asociados a ese mar, y decía que no se puede separar el Mediterráneo real del discurso que se ha construido sobre él. Y es con este peso, con este discurso, o con esta imagen casi sagrada y cargada de antigüedad que nos acercamos a las páginas del libro de João Luís Barreto Guimarães. Pero de entrada, desde el primer poema, nos damos cuenta de que todas estas marcas culturales, esta pluralidad de geografías, tiempos históricos, pueblos y artefactos, gracias a la palabra poética, guardan consistencia pero pierden su peso. El Mediterráneo del poeta procura desprenderse del discurso sobre el Mediterráneo, para adquirir otra dimensión, una espesura transparente, o bien, una ilusión de transparencia. En esta transparencia, un cuerpo – él del poeta – se mueve buscando su verdad. Por una especie de subversión que sólo la poesía consigue, la historia y el pasado no son el fondo, sino la superficie, forman parte de la ilusión de transparencia. Ilusión de que el mar exista y nos esté llamando. Es decir: superamos el impacto con el agua todavía un poco fría, y nos sumergimos hacia el fondo para descubrir a otro Mediterráneo, hecho de fragmentos, de instantes, gestos, sonidos, voces, y también de cierta desorientación. Porque el Mediterráneo, como mar, siempre está presente como una intuición, un espacio que es visible solamente gracias a su ausencia material: de hecho, “entre etéreo y terreno” dice el poeta para empezar su viaje, y nosotros con él, este itinerario de lectura.
En este viaje, el poeta se mueve por los museos, es decir, los lugares por excelencia donde se ‘cuenta’ la historia y el pasado, porque los museos tienen tradicionalmente autoridad para hacerlo. Tienen el poder de escoger, de seleccionar, de construir la versión de la historia que luego se convierte en la Historia oficial (con letra mayúscula). Encontramos al poeta en el museo de Côa, en Portugal; en el museo de las antigüedades egipcias de Turín, en Italia; en el Museo Arqueológico de Santa Trega, en Galicia y en otro museo de cuyo nombre el poeta ya no se acuerda. Y es al leer estos poemas cuando empezamos a darnos cuenta de que el propósito de este recorrido por el Mediterráneo es algo distinto de lo que esperábamos: la poesía no cae en la tentación de reproducir el discurso sobre el Mediterráneo, los lugares comunes sobre el Mediterráneo. Frente al pasado milenario exhibido en los museos, la poesía de João Luís Barreto Guimarães capta lo instantáneo, lo cotidiano, lo banal, y prioriza la mirada personal y subjetiva, que muchas veces es una mirada irónica o paródica, una mirada que desmonta la dimensión sagrada de la historia del Mediterráneo.  Léase por ejemplo el poema “Aún ayer en Pocinho”, en el que la contemplación de los objetos se apaga en la embriaguez del vino; y léase la ironía en el poema “Estatuas a las que faltan pedazos” en el cual el poeta lanza una mirada paródica que desmitifican la forma en que solemos mirar al arte antiguo. Leamos unos versos del poema: “…El tiempo fue meticuloso al / escoger lo que se llevó (las / primeras partes en caer varían conforme el género: / hay Tres Gracias sin cabezas / un dios Febo sin pene) debe de haber / algún lugar donde abunde la anatomía / que por aquí sigue faltando– / bellas cabezas en mármol / (de mala gana la anemia) / falos sueltos sin torso (tristes y / sin empleo) / agradezcamos a los dioses el don de la imaginación / que permite figurar todo cuanto desfigura.”
No se mueve sólo por los museos esta mirada singular del poeta, sino también por iglesias y otros lugares donde la poesía entra en dialogo con la religión y la ciencia, con los diversos saberes y tradiciones que siempre circularon por el Mediterráneo: surge, por ejemplo, la astronomía de Hipátia, que era filósofa, astrónoma y matemática griega, surge la astronomía evocada bajo el cielo de Rodas, en el poema “El tejado de todo”. Surge también la mitología, por ejemplo en el poema “El esquema de las cosas”, en el que leemos que “Poseidón daba descanso a un cardumen de yates / Un cierto Hefestos ahorraba la nieve en la cumbre del Etna)”; o en el poema “Una explicación posible”, en que se arriesga una interpretación poética, mejor, epifánica, de la Odisea.
Desfilan personajes históricos y mitológicos, desfilan ciudades, playas, edificios y ruinas, y cuanto más se acerca el poeta a las marcas culturales del Mediterráneo, más se aleja de su sentido cristalizado para darles otra vida, otra luz, otro poder de evocación. Pierde su aire distante la Historia, porque la poesía introduce en la corriente del pasado la irrelevancia del presente, de un presente personal, singular, es decir, la inscripción de una subjetividad en el mundo, la verdadera poesía. Se vuelven más humanos y más cercanos los dioses y los emperadores, las estatuas y las ruinas, los animales y el paisaje, sin embargo el poeta nos advierte: “Prefiero los héroes sin nombre al nombre de los grandes héroes.
Los símbolos tradicionales asociados al Mediterráneo – los olivos, el aceite, las iglesias y las mezquitas – están presente en los poemas, pero el poeta los reconvierte en marcas de un mapa poético que pasa de colectivo a individual. Un mapa que podemos compartir sabiendo que navegaremos por un Mediterráneo de preguntas, de dudas, de misterios, de paradojas: lo repetimos, el poeta desmonta y desmitifica el discurso sobre el Mediterráneo, sus símbolos, su imagen turística, su historia convertida en museo. Una única vez se usa la palabra Mediterráneo, una única vez se le llama a este universo de mares, tierras y pueblos, por su nombre: en el poema “Puede ser Pepsi?”, cuando el poeta dice: “No me gusta el Mediterráneo / transformado en cementerio.” Surge aquí una instantánea del presente en la corriente de la historia que se está convirtiendo en una nueva y dolorida página mediterránea que no sabemos si cabrá en los libros de historia, o en las salas de los museos. Es esto, hoy, nuestro Mediterráneo, y con esta imagen nos gusta terminar este breve viaje al interior de un libro que nos hace ver otras caras de nosotros mismos. Y como dice nuestro poeta portugués en un poema dedicado al gran poeta de Alejandría, Constantino Kavafis: “Para algunos el / final de la tierra es seguro / el fin del mundo. Para otros el / fin del mundo es / el principio del viaje. Denles / un barco a remo nadie sabrá decir / si hizo bien el / que abrió el Egeo desconocido si / la duda insistente de quien se queda – / es el viaje.


VICENTE ARAGUASNORDESÍA (Diário de Ferrol El ideal galego), 29.04.2018
Máis que un libro de viaxes
Barreto Guimarães é un autor portugués nado en Porto, en 1967; todo un mundo, todo o tempo por diante, agora que se desfixo o equívoco aquel segundo o cal os poetas teñen de ser novos (e os novelistas, tirando a serios senón a vellotes). Isto que se pode aplicar a Rimbaud, desertor da poesía, e da literatura en xeral cando aínda era mozo, ou a Delibes (El hereje, se cadra a súa mellor novela, escrita como coroa e remate dunha carreira novelística ben ampla e dilatada) non pasa de ser un tópico do máis reseso. Quer dicir que Barreto Guimarães aínda terá de completar un camiño encetado, cal queixo frescal ou boroa delicada, en 1989 con Violinos na Tribo, e proseguido por títulos diversos entre dos que sobrancea este Mediterráneo (Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2018), agora en versión bilingüe (a española, boa, de José Ángel Cilleruelo), que acadara na súa primeira saída, monolingüe, o VI Premio Nacional de Poesía Antonio Ramos Rosa. Isto de sobresaír en Portugal, terra de poetas bos (seino por experiencia, como traductor dalgúns deles, presentador dunha boa presada deles na Casa de Galicia, de Madrid, e antólogo doutros tantos para a revista “Olga”), ten un aquel especiálisimo. Como a poesía de Barreto Guimarães. Porque, a partir dun pretexto tan vello como a neve, viaxar a través do mundo (dunha parte del, non toda, mediterránea), o poeta do Porto acada tons delicadísimos, mesmo cando os trata con ironía, como sabemos a irmá elegante do sarcasmo. E é que a retranca deste poeta é o anverso da moeda do culturalismo, ese perigo ao que nos pode conducir a poesía cando se nutre de referentes “aquí e agora”, ou sexa, “in situ”. Por iso aprezo moito ese disparar por elevación do noso poeta. Quen cando atopa o pasado non cía, cal se fose nunha chalana, senón que sube e sube, ata dotar de categoría á anécdota arqueolóxica (poñamos). E non é que esteamos diante dun manual de excavadores á procura de denarios romanos (que tamén). A mín, nesta crónica (“ma non troppo”) de viaxes, o que me parece máis chamativo é –por exemplo– o encontro con Santa Teresa, o seu “Éxtase”, vaia, na Santa Maria della Vittoria de Roma, cos Cornaro (que para iso pagaron a estatua berniniana) arrodeando, en palco de honor, á santiña a piques de ser frechada polo Anxo-Cúpido. E gusto moito, tamén, de “Problema de Física”, cuestion de velocidade, claro, para ese TGV (que o traductor interpreta, e fai ben, como AVE) que vai de Málaga a Córdoba. Hai máis poemas en Meditérraneo que nos semellan veciños, mesmo moi familiares, cando cos denarios xa citados xorde a nosa Santa Tegra. Cousas cativas estas alusións toponímicas se, xa se dixo, o Mago Barreto fai delas categoría.